"Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen".
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"A todos ustedes les ofrezco el remedio más seguro y más agradable que conozco, que se encuentra en el llamado fuerte y sonoro que nos hizo el Salvador del mundo al comenzar Su ministerio y también al finalizarlo. Se lo dijo a los creyentes y se lo dijo a los que no estaban muy seguros de creerle. Se lo dijo a todos, cualesquiera que fuesen sus problemas personales:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”2.
En esa promesa, la frase introductoria, “venid a mí”, es crucial; es la clave de la paz y del reposo que buscamos. De hecho, cuando el Salvador resucitado dio Su sermón a los nefitas en el templo del Nuevo Mundo, comenzó diciendo: “Bienaventurados son los pobres en espíritu que vienen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”
Élder Jeffery R. Holland
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